Asecas

Lo toma o lo deja. Esta  frase define a un gran personaje acunado en las calles de barrio Ituzaingo.

Sujeto de gran porte. Sus manos eran enormes; en el barrio decían que cada vez que Juan te saludaba, no te estrechaba las palmas, sino que les daba un abrazo. Dos vueltas fácil podían dar sus dedos alrededor de nuestras manitas diminutas. Brazos como de roble, largos y anchísimos. Uno pensaba que si Asecas decidía algún día tatuarse un ancla en una de esas extensiones, el tatoo debía ser de tamaño natural. Alto infinitamente. No vaya a ser que te encontraras con el Tanke en la calle y te detuvieras a charlar un rato, porque del azufre en el cuello no zafabas.

Tenía un rostro temerario. Labios gruesos en posición de carroña; nariz chata y amplia; ojos de callejón, pequeños como de sospecha. El entrecejo era una zanja que le dividía la cara en dos; la ceja derecha siempre un cacho más arriba que la izquierda y  si  no conocías a Juan, tranquilamente  ante un inminente contacto uno  podía empezar a excusarse con frases del tipo… “Yo no fui eh” o “No estaba allí esa noche” Un lunar enorme distinguía la nuca de este muchacho.

Fanático de la redonda, Asecas era jugador del Club Infantil Barrio Ituzaingó, el CIBI, y era una fija encontrar los fines de semana al Tanke en la cancha de Don Zupai o Chupai como la apodaron los chicos del barrio, haciendo alusión a la ingesta de bebidas que habitualmente se toman una vez finalizado el picadito.

Los amigos una religión. Había que ver como Asecas se apasionaba al hablar de sus hermanos de la vida. “La negra”, “Pebete”, el “negro marrón”, “chirola”, “pocho”, “coki” y otros tantos que por lo general eran unidos por la pasión del fútbol.

Juan Asecas era un sujeto de “pocas pulgas” o de “genio corto” como quien dice. Una mística sabiduría lo envolvía. Juan te discutía de todo y siempre  tenía razón, y no vaya a ser que le retrucaras algo porque al toque amagaba con meterte un saque o un bollazononon. Habitualmente acostumbraba a cerrar los pleitos de esa manera.

Seguidor del popular Carlos Rufino “La Mona” Gimenez. Tenía por oficio el de heladero, una pequeña fábrica casera le servía de sustento para salir en su bici blanca, con la rueda delantera más chica, vistiendo siempre la camiseta de “Los Canarios”.

Era una escena sin ningún desperdicio ver el terrible espanto de los niños, que después de salir volando al grito de “Heladoooo” se encontraban con la fiereza de Asecas, que los esperaba con una amplísima sonrisa, no menos que paradójica, en señal de oferta e incitación a la compra. Algunos padres consideraban que el enfrentamiento de sus niños con el Tanke Asecas era una etapa importante en su crecimiento, sin dudas corrían con ventaja en relación a otros infantes que nunca cruzaron a la bestia, como le decían los vecinos.

En fin, más allá de la primera impresión, Juan siempre lograba comprarse a los mocosos. Tenía un gran carisma con los pibes, mozalbetes que al final de cuentas erigían a esta mole de las cremas heladas al pedestal de los ídolos de carne y hueso.

Pero este héroe de los infantes, fuerte, aguerrido en la cancha, magnánimo entre sus pares, era un verdadero flojo en el trabajo. Sí, como quien dice un vagoneta, perezoso, mamita. Y era tal la flojera de Asecas que peleaba con su paciencia todos los días a la hora de producir los palitos, bombón, helado. Era una tarea que lo fastidiaba  a más no poder, tal es así que empezó a acuñar la idea de elaborar un heladito que no se consumiera nunca, algo parecido a lamer un cartón, pero con gusto a frutilla. La vagancia lo puso nariz a nariz con la utopía.

La búsqueda del helado eterno no tardó en convertirse en una obsesión para Asecas. Sin las dotes que provee la instrucción académica y científica, el Tanke se aventuró a conseguir el sueño qué sería el sostén de su holgazanería excesiva.

El primer intento consistió en agregarle a la tradicional pasta de helado una pizca de yeso, 10 gr. cada 1 Kg. de preparación era la proporción. Sin los controles bromatológicos pertinentes el fanático de los Amarillos salió en su bici blanca con la rueda delantera más pequeña a recorrer el barrio. Las primeras pruebas fracasaron casi al instante. El helado permanecía tieso, pero la sensación al degustarlo se acercaba demasiado a  la de “lambetear” un azulejo de baño.

Para nada desalentado por el intento fallido llegó el segundo aventón. Se trato de una receta que incluía maicena, azúcar impalpable, huevos de codorniz, porlan, fástix, fluido Manchester y dos gotitas de esencia de vainillas para aminorar.  Luego de un proceso de refrigeración se obtenían paletas heladas que tranquilamente hubiesen sido furor en los años de la guerra fría. Otra vez el tanke salía a la calle con nueva pócima. Cuentan al respecto que el pobre niño que sirvió de conejillo de indias para la ingesta de aquella golosina terrorista, vio encanecido su cabello al instante y un pálido color azul tiño los labios del pobre mozuelo. Este hecho movió un poco los sólidos cimientos de Asecas. La puesta en peligro de la vida de un niño hizo que Juan decidiera alejarse para siempre de su laboratorio doméstico.

Para ahogar las penas esa misma noche el Tanke partió para el baile de la Mona, determinado a olvidar para siempre su ilusión. Todo marchaba normal, el disco de los bailanteros giraba sin parar, a los costados los azules no le mezquinaban al cachiporrazo para mantener la circulación y al fondo los muchachos en las mesas degustaban a dos manos  los manjares de la noche. Ninguno de los amigos del Tanke trataba de perderlo de vista, claro estaba que Juan se encontraba inmerso en una depresión terminal y podía hacer cualquier cosa. Encomiable tarea llevaban adelante aquella madrugada el Chino, Maroma y la Negra, rechazando las pulposas provocaciones de las chinitas moneras, con el único objetivo de no separarse de la bestia deprimida.   Pero en tan solo un parpadeo, en donde una Chichi fatal desgastaba la cintura al ritmo de Oh Mami, el Tanke se les escabulle a los muchachos y encara hacia la barra del lugar con el envión de un pensamiento terminal… En un vaso grande Asecas decide mezclar de manera criminal cubana con Fanta, sangría, vino tinto (cuba mayor), Ginebra y un toque de gaseosa cola como para meterle gas a la bomba.

          “Trago final y aguante el CIBI carajo” grito el Tanke, elevo el vaso y con pulso inestable orillo el veneno a esa trucha enorme que tenía…Tensión, miedo, adrenalina corría por su cuerpo…Y es así que en el instante justo en donde la primera gota explosiva se colará por la cavidad bucal del heladero malogrado se lo ve correr despavorido a la Negra que en un salto olímpico logra cabecear, cual balón que llueve en el área, el recipiente de la perdición. La autoridad presente confundió la actitud heroica de “la Negra” y después de dos palazos en el lomo a cada uno retira a los muchachos del baile por alteración del orden.

Cuentan los viejos de Ituzaingo que ese cabezazo certero salvo no solo la vida de Asecas, sino la del comerciante del baile quien al día siguiente y con grata sorpresa descubrió que todos los helados que no había vendido en la noche se encontraban aun en perfecto estado de conservación a pesar de que no habían estado al resguardo del hielo seco. Investigando este hecho asombroso de la química se descubrieron restos del líquido derramado del vaso final del Tanke. Así es, ese brebaje preparado para morir había resultado ser la consagración del gran sueño de Asecas. Juan fue destinado a vivir toda su vida sin saber que su utopía tenia los zapatos puestos. FIN.

Caminos

2 comentarios

  1. Excelente!!!!

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